Fumaba silencioso en la terraza, en calzoncillos de colores, a rayas, escoceses o lisos, lo cierto es que casi nunca eran lisos. En los pies llevaba esas zapatillas de andar por casa que se renovaban cada dos o tres años. A mi me quedaban grandes. La música siempre la ponía yo.
Sus ojitos medio fumados, medio enamorados. Su boca pequeña y su nariz... su perfecta nariz.
Nunca me negó nada, nunca me dijo que no a nada, y nunca me volvió a decir que me amaba, pero siempre siguió portándose tan bien conmigo como siempre, o incluso mejor. Nunca me alzó la voz, o me trato con desprecio, incluso cuando mas me lo merecía. Es la perfección personificada, o al menos ese retrato suyo tengo yo en mi cabeza. Siempre estuvo seguro de todo lo que hizo en su vida, por muy infeliz o feliz que fuera.
Siempre que partíamos una chocolatina me daba el trozo mas grande a mi. Y el ultimo tiro del cigarrillo también, el último mordisiquin de una hamburguesa o algo que estuviera muy rico, era mio.
Su único defecto pasa desapercibido por quienes le conocemos, y quienes no le conocen le reconocen por ello. Es una tontería.
Creo que el mundo podría separarme de todo, absolutamente de todo, podría quedarme sola en medio de la nada, pero siempre tarde o temprano, aparecerías tú, aunque no quisiera, tú estarías allí.
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